Si no entiendes de que se trata esto debes leer el post anterior:
http://mbrodriguez.blogspot.com/2013/08/damisela-en-apuros.html
http://mbrodriguez.blogspot.com/2013/08/damisela-en-apuros.html
UNA PARIGUAYA EN APUROS
CAPITULO I
Por: Mayeli Rodríguez
No era un jueves común. Era el jueves que habíamos esperado con la más grande emoción pues ese día abordaríamos los autobuses para dirigirnos hacia nuestro más que anhelado destino: El Campamento de Najayo.
Para muchos; incluyéndome, sería nuestra primera experiencia acampando “de nuestra cuenta” porque iríamos allí sin nuestros padres. Solo contábamos con la "supervisión" de una banda de amigas adolescentes más apoyadores que abuelo primerizo.
En todo el camino íbamos gozando y cantando y al llegar al badén del rio un repentino e intenso silencio reinó en la guagua. En ese momento supe que nos estábamos acercando a nuestro apreciado lugar. No habíamos bien pasado nuestro acuoso badén cuando volvimos a la carga a aplaudir y vocear a todo pulmón. Llegamos al campamento y todos queríamos saltar despavoridos, pero teníamos que orar antes. Por más corta que fuera, esa era la oración más larga del mundo para mí. Nos bajamos como echando carreras y nos recibió ese olor a hierba y playa!! Por fin estábamos allí!! Una vez fuera de nuestro encierro de cuatro gomas, nos instalaron en las casetas. A uno de los dirigentes se le ocurrió la gran y maravillosa idea de asignarle una caseta a una banda de 6 adolescentes. Imaginen este reperpero! Corrimos sin parar a la caseta que nos esperaba con aquella fragancia tan característica de esas históricas habitaciones. La repartidera de las camas no se hizo esperar. Un constante cuchicheo y risas resonaban por todas partes. Estábamos emocionadas y felices!!
Melody, una de las chicas que era considerada por todos como la más atrevida y con mayor experiencia, mandó a callar a todas y lanzo una pregunta crucial activando algo dentro de nosotras: “A ver mujeres ¿Con quién cenaran en la cena del sábado? Al instante el índice de chiviriqueria aumentó al cien por ciento y Sabrina reaccionó soltando una carcajada y con voz picara respondió: “Bueno! Yo tengo eso amarrao hace mucho”. Todas explotaron en una risa y una habladera que parecía no poder parar.
Yo permanecí algo indiferente a la pregunta arrojada y pensé en mis adentros ¿Y cuál es el alboroto por cenar con alguien? Qué tiene eso de especial? Melody, percibiendo mi silencio, miro hacia el camarote de arriba donde yo me encontraba arreglando lo que sería mi espacio de descanso por los próximos días, y me preguntó; Preguntó: “Con quien cenaras tú? Mi respuesta delato la condición que ya me era imposible de ocultar, dejando al descubierto que era más pariguaya que el pariguayo guillao de tiguere: “Yo? Con el primero que me invite!
Nunca imagine que esta expresión tendría el poder mágico de viajar por el espacio y dar inicio a una historia de amor muy especial... de esas que nos atrapaban sin darnos cuenta en tan solo un fin de semana en el extrañamente “paradisíaco” Najayo…
UNA PARIGUAYA EN APUROS
CAPITULO II
Por: Mayeli Rodríguez
Ya estábamos listas y acomodadas en nuestra caseta.
Desde nuestra “habitación cinco estrellas”, se podía percibir el sonido maravilloso del cantar de las olas que con su vaivén se hacían cercanas luciendo tan emocionadas como nosotras. Era casi irresistible el deseo de salir un rato a pasear y empezar a disfrutar lo más pronto posible de la belleza que nos brindaba aquel lugar, así que nos dispusimos a salir.
La tarde transcurría fresca. Empezamos a caminar entre risas y bromas interminables. Las casetas empezaban a liberar poco a poco aquella multitud peculiar de jóvenes y señoritas. Mientras explorábamos el entorno, decidimos detenernos y sentarnos un rato en los banquillos rústicos que formaban un circulo irregular y que invitaban al dialogo despreocupado, rodeados de árboles y con una vista abierta al mar, donde podías sentir una brisa suave y refrescante que venía de los cuatro puntos cardinales que al hacer confluencia se colaba juguetona en nuestros cabellos.
Esos banquillos eran como un lugar encantado donde se producían con facilidad encuentros de chicos y chicas que eran atraídos a él magnéticamente.
Mis amigas y yo hablábamos con el entusiasmo que caracterizan las conversaciones de un grupo de chicas adolescentes, cuando empezaron a acercarse otros jóvenes que parecían haber salido también a dar su paseo de “exploración”.
Entre ellos había un joven que pertenecía a mi distrito. No lo conocía. Realmente solo había alcanzado a verlo de lejos en una que otra actividad. Lo miraba disimuladamente haciendo un esfuerzo por distinguirlo, ya que no sabía si era él o era su hermano gemelo, con el que precisamente Sabrina (la que ya tenía lo suyo amarrado) cenaría en el banquete de parejas.
El “gemelo” se acercó y me dijo: “Hola, ¿Sabes quién soy?” Y yo, confiada en que mi proceso de observación e identificación de rostro había tenido éxito respondí: “Claro! Tú eres Luís José”.
La expresión de su cara denotó automáticamente mi error y con rapidez contestó: “NO, yo soy José Luis”.
Ok… pensaba en mis adentros. Definitivamente se había producido un pequeño fallo técnico en el orden de los nombres! Y solo acerté a decir: “Ups! Perdón!!
El, al notar mi cara de “apuro”, quiso aprovechar el incidente de asignación de nombres y sin perder más tiempo me dijo rápido y en corrido: “No hay problema, por lo linda se te pasa. Por cierto, ¿Quieres cenar conmigo el sábado?
Wao! Eso sí que fue rápido!
Fue una conversación corta, sin rodeos, algo accidentada, pero él estaba seguro a lo que iba. Y para su suerte, yo también estaba segura de la respuesta que daría si alguien me hacia “la gran pregunta”. Y sin pensarlo dos veces, ignorantemente di la respuesta esperada: “Ok, sí”
Y eso fue todo. Luego, sonrió y se alejó. Pero esta vez no se fue solo. Ahora mi “SI” le acompañaba.
Yo volví a la conversación con mis amigas que observaban la escena con disimulo irreverente. Se miraban entre si y reían a carcajadas al comprobar que definitivamente le había dicho que “SI” al primero que me había invitado. Yo aún no le veía cual era la gran importancia que se le daba al asunto pues para mí eso de escoger bien con quien ir a la cena en parejas del campamento no tenía la relevancia y expectativa que ellas le daban. Por lo menos, no lo hacía en ese momento.
Pasamos de estar sentadas en los banquillos de cemento a estar acostadas en la grama mirando al cielo. Se nos veía relajadas. Parecíamos una foto de esas que venían impresas al final de las libretas para cartas románticas. Estábamos allí charlando y riéndonos y contando historias, cuando de repente llegaron como avalancha cinco chicos y empezaron a conversar con nosotras.
Estar recostada en aquella cama verde y natural, me permitía tener una visión panorámica de los chicos que estaban frente a mí. En ese momento me di cuenta que uno de los jóvenes visitantes no dejaba de mirarme. Yo, pariguaya al fin, esquivaba esa mirada profunda de ojos castaños que me observaban tranquilos y me hacían sentir vulnerable.
En cuestión de segundos, ya las cosas no estaban iguales. Algo dentro de mí empezó a inquietarme. La hierba parecía haber subido su tono de verdor, la brisita se sentía más agradable, el mar parecía más azul y por segundos todo el ruido de las conversaciones y las risas que me rodeaban parecían ponerse en “MUTE”.
Era oficial: Su mirada había cambiado mi tarde.
Fue acercándose amistosamente mientras se presentaba al grupo. Con toda discreción se sentó en el banquillo que estaba próximo a mí. Al sentirlo más cerca, comprobé lo mucho que me agradaba que la distancia entre él y yo ahora fuera más corta.
Aquel joven de ojos castaños y porte varonil se agachó hasta donde estaba acostada y se acercó aún más extendiéndome su mano con gesto principesco y la intención marcada de decirme algo.
Ya para ese momento, mi corazón de pariguaya había decidido latir a paso doble…
UNA PARIGUAYA EN APUROS
CAPITULO III
Por: Mayeli Rodríguez
“Hola soy Ángel”. Dijo.
Nunca olvidaré esa voz.
Y como si de estar delante de un “ángel” se tratara, quede frisada por un segundo.
Salí rápidamente de mi estado hipnótico y respondí: Mayeli, un placer.
Mi hablar fluido desapareció completamente en ese momento limitando mi participación en aquel diálogo a responder sus preguntas: ¿De dónde eres? Qué haces? En qué caseta estás?
Así transcurría nuestra primera conversación, entre sus preguntas y mis respuestas, rodeados de mis amigas y sus amigos. Dos completos desconocidos hablando de sus vidas, de trivialidades, riéndonos de cualquier cosa, buscando conocernos mejor.
Parecía que solo teníamos cinco minutos conversando pero la verdad era que llevábamos toda la tarde allí, pero nos dimos cuenta del tiempo cuando nos vinieron a avisar que debíamos despedirnos pues era hora de alistarnos para ir a la capilla.
Me agradó conocerte Mayeli. Nos vemos más tarde? Sí? - Dijo con su voz encantadora.
Sí, nos vemos más tarde - Respondí haciendo eco a sus palabras.
Desde ese día mi agenda y actitud para el campamento pasó de pensar en solo estar con mis amigas, caminar con ellas, reírnos y pasarla bien como siempre lo hacíamos, a estar preocupada por la ropa que me iba a poner, como peinarme y pensar en el momento cuando volvería a hablar con Ángel.
Para la próxima vez que lo volviera a ver, quería asegurarme de llevar el cabello bien arreglado y de ir bien vestida, aunque pensaba que en el momento que me conoció yo estaba despeinada y con ropa deportiva y aún así se había interesado en mí. Tiempo después, él mismo me confesó que ese estilo "descuidado" y natural fue lo que más atrajo su atención al verme.
De todas formas, me arreglé esa noche con más detalle y cuidado del que anteriormente tenía planeado.
Dados los últimos toques, todas las chicas de mi caseta nos dirigimos a la capilla.
Yo, PARIGUAYA al fin, no quería dar a notar que mi mirada lo buscaba con interés entre todos los jóvenes allí presentes. Para apoyarme en mi búsqueda, mis amigas, miraban a su alrededor y así poder ubicarlo entre la multitud de jóvenes, pero sin éxito alguno.
Ya pensaba que él no había ido a la reunión de la capilla, cuando como salido de la nada, se acercó y se sentó a mi lado.
El no era el típico joven conquistador. Era algo reservado y tímido en realidad, pero esa forma peculiar de ser me resultaba atractiva hasta el punto de provocar que sintiera las famosas "maripositas en el estomago" cuando estaba con él.
Desde ese día siempre estábamos juntos.
Cada toque de campana anunciaba más que la próxima actividad. Su sonido era un llamado a una nueva cita donde nos encontraríamos otra vez. Íbamos juntos al comedor, a las reuniones de la capilla o nos sentábamos en los banquillos rústicos donde nos habíamos visto por primera vez.
Nunca fui de mucho hablar con chicos, pero entre nosotros había un química especial que permitía que sin prácticamente conocernos, pudiésemos pasar horas conversando.
El campamento se había convertido en una experiencia inesperadamente hermosa. Un transcurrir de horas agradablemente compartidas con él… hasta que llegó el sábado.
Durante toda la mañana mantuve el temor de que él me buscara y mencionara la cena de esa noche y más terrible que llegara el instante de enfrentarme a la propuesta de ser su compañera para el magno evento.
Yo ni siquiera había vuelto a hablar con José Luis, el “gemelo no identificado” y para esa hora ya había comenzado a entender porqué las chicas le daban tanta importancia a escoger bien con quien irían a cenar y la emoción que representaba ir acompañada de alguien que te agradara.
No me resultaba para nada “emocionante” el imaginar pasar dos horas de esa noche compartiendo con alguien con quien no sentía esa química amistosa o por lo menos con quien conversar sobre algún tema o interés en común. Ya lo veía venir… serían las dos horas más largas de mi vida!!
Ahora entendía con toda claridad el afán mostrado por mis amigas de arreglarse y estar lindas la noche del sábado. Era todo con el propósito de estar bellas al compartir la especial velada con esa persona escogida.
Estuve toda la mañana en la capilla con mis amigas, pero no había visto a Ángel.
Hubo un receso y fuimos dos de mis amigas y yo junto a otras chicas que conocimos allá y nos sentamos a la sombra del viejo árbol que estaba en el área verde cercana a la capilla mientras mirábamos el mar. Este por mucho era mi lugar favorito de todo Najayo. Empezábamos a relajarnos cuando sentí que alguien se acercaba a nosotras. Era Ángel.
El se unió y de inmediato empezamos a conversar y a reírnos. El era muy chistoso, pero admito que todo lo que él decía tenía en mí un efecto especial ya que me reía hasta de sus chistes más tontos. Unos minutos después las chicas se marcharon a la caseta y yo seguí hablando con él y riendo, pero esta vez mi risa se presentaba vestida de nervios e incertidumbre. Por primera vez desde que lo conocí no quería quedarme allí, a solas con él. Quería evitar que se creara el contexto favorecedor que diera paso a la temida pregunta.
Teníamos siempre tanto que decirnos, pero un instante de silencio casi sincronizado nos sorprendió y ya fue inevitable evadirlo. Ángel, me miró a los ojos y con voz decidida y amable me hizo la dichosa pregunta que en otras circunstancias, hubiese anhelado escuchar de él:
¿Quieres cenar conmigo esta noche? Me encantaría ser tu acompañante.
Tal como el momento cuando lo conocí todo cambio a mí alrededor. Pero esta vez, en sentido contrario. La hierba no lucia tan verde y el mar, tan inquieto como, yo ya no se veía muy sereno.
No podía ni respirar cómodamente. Arrepentida de haber dado una apresurada y ligera respuesta al primer proponente, me reclamaba a mi misma: ¿PORQUE LE DIJISTE QUE SI AL PRIMERO QUE TE INVITO?
Estaba realmente en apuros…
UNA PARIGUAYA EN APUROS
CAPITULO IV - FINAL
Por: Mayeli Rodríguez
Cuanto deseaba que las circunstancias fueran diferentes!! Pero lamentablemente ya le había dicho que si al primer chico que a pesar de ser "gemelo" ni siquiera lo había visto dos veces.
Tomé un respiro. Lo miré y mis ojos le anunciaban el dolor con el que le daría mi respuesta:
“Ya acepté cenar con otra persona.”
Su rostro manifestó la sorpresa inesperada que le provocara aquella noticia.
Queriendo mantener la postura inerte de aquel que no ha sido conmovido respondió:
“No hay problema, lo entiendo”…
Pero realmente no parecía entenderlo. Me pareció que su semblante cambio de color, y la luz de sus ojos castaños se había apagado. Sentí cómo mi respuesta lo había herido. Yo también lo estaba. Mi mente quedó en blanco. No tengo registro cierto si luego nos dijimos algo más o en qué instante nos despedimos.
Me fui a la caseta en piloto automático. Recostada en mi cama escuchaba las risas y las voces emocionadas en vísperas de celebrarse la esperada velada.
Debo haber dormido por un rato… Quizás así busqué escapar de ese instante amargo.
Así estuve, como desconectada de todo hasta que llegó la “Puerta del Sol”, perdón, quise decir, la puesta de sol. Todas las chicas se apresuraban risueñas a prepararse a sus casetas con mucha algarabía. Las camas se llenaron de trajes, panti medias y zapatos. Algunas se ayudaban entre sí a arreglarse el cabello, otras estaban en toalla, con sus gorritos de ducha protegiendo sus anchoas, listas para darse un baño. Todas se movían en el reducido espacio con la urgencia que lo hacen las hormigas obreras en verano.
El segundo baño era de perfume. La mezcla de todos esos olores creaba una nueva fragancia que inundaba el aire dentro de la caseta y que a mi entender debía llamarse minimo:
“J'aime mon partenaire ce soir (Amo mi pareja de esta noche).
También me alistaba. Pero mi ánimo parecía estar en un rincón del suelo abrazado de mi enorme insatisfacción. Al menos ellos dos si se entendían.
Mis amigas que me veían tan triste, estaban al tanto de todo lo que había pasado, pero como siempre, no hubo reproches, ni recriminaciones por mi apresurada decisión. Me sugerían que hablara con el primer chico que me había invitado y que le dijera simplemente que en verdad prefería no cenar con él.
Por terrible que me sintiera no tenía intención de seguir su consejo. Siempre he tenido un alto sentido del compromiso y entendía que buscar al "gemelo no identificado" a menos de dos horas del inicio de la velada y decirle “Oye, después de todo no cenaré contigo”, definitivamente no era una opción...
Terminé de arreglarme y subí a sentarme en mi cama, desde donde observaba cómo las demás chicas se alistándose emocionadas y se daban los retoques finales. No tenía ganas de salir.
Las miraba, pero mi mente no dejaba de repetir como una grabadora rayada la imagen de la expresión que había en la cara de Ángel cuando le dije que no podía acompañarlo a la cena.
En medio de todo el reperpero de mujeres y el cruce de peines, espray para el cabello y coloretes, de préstame tu blower o ¿Alguien tiene una plancha? y demás familiares, no me percaté que Melody no estaba con nosotras.
Había estado inmersa en mis pensamientos, cambiada y maquillada pero sin un ápice de alegría cuando Melody, a voz en cuello, haciendo que todas se callaran como por arte de magia, me hizo salir de mi transe de tristeza diciendo:
“Mayeli, baja de ahí juye que ya te resolví tu problema! Acabo de hablar con José Luis, el gemelo y le dije que no cenarías con él y fui donde Ángel y le dije que tu cenarías con él, que te espere!
Por primera vez presenciaba un verdadero milagro de la naturaleza al ver a tantas mujeres juntas en una caseta estar silencio. Todas me miraban esperando conocer mi respuesta ante la osadía de Melody.
Un torbellino de emociones invadió todo mi cuerpo. Por un lado sentía mucha alegría con solo pensar que cenaría con Ángel. Una gran parte de mi sentía gratitud pero también enojo por el arrojo de Melody de ir a hablar con el "gemelo" que a esas alturas debería estarse preguntando qué haría ahora que se había quedado solo esa noche.
Rompí el helado silencio y le dije con voz de reclamo: ¿Por qué hiciste eso?
Ella, desde una posición menos evidentemente menos apurada que la mía me respondió con voz despreocupada:
“No entiendo tu drama. Era simplemente decirle al "gemelo" que no y a Ángel que sí.”
Pero para una Pariguaya adolescente como yo, era muy difícil sentirse atrapada en medio de este drama donde la atracción amorosa y el deber del compromiso parecían ahogarme.
Bajé de la cama de un salto y sin pensar si llevaba conmigo el glamur necesario para galantear en tan esperada noche, salí de la caseta en busca del “gemelo plantado”, con tal determinación que por primera vez no lo confundí como siempre lo hacía.
El estaba cerca de la capilla junto al grupo de amigos con que lo había visto el fatídico día en que le dije que lo acompañaría a la cena. Había un grupo de chicas que los acompañaban.
Me acerqué con prudencia, y le pedí que me concediera un minuto. Con la forma de hablar que caracteriza a una “Pariguaya apurada”, no lo deje hablar y comencé rápidamente a pedirle disculpas y a explicarle que lo que había hecho mi amiga nada tenía que ver conmigo, que no se lo había pedido yo, que no le hiciera caso. Cuando pude hacer una pausa para tomar un poco de aire y seguir presentando mi carretilla de excusas al chico que creí ofendido, él, con una mirada picara y sin cara de enojos y mucho menos de preocupación me dijo:
“No te preocupes, eso no es nada. Además, ya yo resolví.”
Increíble!! Yo tan preocupada por él, angustiada y cayéndoseme el mundo encima y él muy relajado, no le dio la mas mínima importancia a lo que había ocurrido.
A pesar de que él no estaba molesto, yo sí continuaba enojada con Melody. Así que dejé a mi “liberado” proponente atrás y caminé a la caseta con el arsenal de reprimenda que le diría, pero cuando llegue, ella ya no estaba. Se había ido con su galán; que por cierto era uno de los amigos de Ángel viniendo a mí la idea de que todo su afán también era para que disfrutaramos esa noche encomplinchadas entre amigos.
Ya se me había quitado todo deseo de salir, asi que sin pensarlo mucho me quité el vestido, me desbarate el peinado y me puse la pijama y me acosté. Mi noche encantada había llegado y no podía ser peor!!
Me quedé mirando al techo, escuchando como los demás disfrutaban afuera, y mi mente divagaba en todo lo que había pasado. Me debatía entre un pensamiento y otro. Los pariguayos podemos ser bastante analíticos.
y olvidarme de eso y salir a disfrutar.
Al cabo de un rato, llegué a la conclusión que pasaría mucho tiempo antes de que pudiera pasarla tan bien en otro campamento. Pensé que tantos maravillosos momentos vividos no podían echarse a perder por un disgusto como ese. Es cierto que no compartía la manera cómo Melody había decidido resolver las cosas, pero al final entendí que ella lo había hecho la mejor intenciones de que yo disfrutara esa noche tanto como ella.
No me tomó mucho tiempo volverme a alistar, pero esta vez con la ilusión y el entusiasmo de salir a buscar a Ángel.
Y como cenicienta transformada por un hada madrina, me despojé de la pijama y me arreglé ahora con el propósito de encontrarme con mi príncipe de ojos castaños y voz varonil.
Salí por fin de la caseta y empecé a caminar. Y allí estaba él sentado en el mismo banquillo de rústico aspecto donde días atrás nos habíamos conocido. Al verme se puso en pie. Las luces de mi amado Najayo se volvieron opacas ante la brillantez de nuestras miradas al encontrarse.
No era necesario dar explicaciones.
Aunque los dos sabíamos que al siguiente día se acabaría nuestra estadía en aquel maravilloso lugar, al menos por esa noche disfrutaríamos el hecho de al fin poder estar juntos.
Como gentil caballero extendió su brazo y me sonrió. Caminamos juntos o talvez flotamos hacia nuestra cita esperada. Fue una noche realmente mágica. Estábamos en medio de muchas otras personas, pero sentíamos que esa noche, Najayo se vistió de gala solo para nosotros♥
FIN
